
Nada más llegar a New York, el profesor Lucas Solís buscó en su agenda la dirección de su antigua alumna y se la mostró al taxista que había encontrado a la salida del aeropuerto.
Iba absorto mirando los edificios y calles de la ciudad, cuando decidió cambiar de destino:
-Central Park, please.
Desde muy joven quiso pisar ese jardín urbano. Cada vez que lo veía aparecer en una película, sentía unas ganas inmensas de estar allí.
Sentado en la hierba y echado sobre un árbol, puso su mente en aquellos años en que dio clases en la universidad a Lina, su alumna preferida. Ahora, casi treinta años después, iba a volver a verla. Sentía un vuelo de pajarillos en su estómago mientras un tropel de recuerdos se le venía a la mente.
Conoció a Lina en sus clases de Literatura. Se dejó seducir por aquellos ojos grandes en un rostro de perfil suave y de una blancura inusitada. Día a día fue enamorándose cada vez más de ella Pero no supo nunca escoger el momento adecuado para confesarle su amor.
El sol acariciaba levemente su cara. No tardó en dormirse, y, como venía siendo habitual, sueños perdidos en el tiempo aparecían tan vivos como reales. En ellos se repetía una escena infinita de lo que pudo haber sido y no fue.
Un golpecito en su rodilla le despertó. Un tipo viejo y andrajoso le miraba atentamente al tiempo que le decía:
-Vamos, déjese de sueños y atrape a las mariposas que revolotean en su pecho.
Se lo dijo en un correctísimo castellano y él le dedicó su más amable sonrisa
-Gracias, amigo, lo intentaré -acertó a decirle. Y se marchó en busca de otro taxi.
Cuando llegó a la dirección que llevaba apuntada, notó las reconocibles mariposas.
Tocó el timbre y respiró hondo.
Una voz desde dentro le contestó al timbre:
-Ya va, no se apure...
Esa vocecilla, entre rasgada y dulce, tenía un cuerpo. Y el profesor se lo quedó mirando sin saber qué decir.
-Holaaaa! tú debes ser el profesor de la niña Lina,...ajájáaaaa,... pase y no se quede ahí parado con la cara cortada que no le voy a morder.
Habían pasado unos cuantos minutos cuando por fin pudo recuperar el habla:
-Perdone, usted se llama...
-Eilina, me llaman Eilina - le dijo con una sonrisa hermosa y alegre como el sol que penetraba por las rendijas de la ventana.
Sin saber cómo, estuvieron hablando distendidamente un buen rato. Se diría que se conocían desde hacía tiempo. Eilina era locuaz y simpática, nada retraída y bella, muy bella. Eso le pareció al profesor, extrañado de un incesante placer por escuchar a aquella chica de una tersa y tostada piel dorada.
Y hablaron de Lina...y el viejo profesor sintió que se quitaba un enorme peso de encima, porque nunca había hablado de ello con nadie. Pero Eilina tenía esa habilidad innata para que todos confiaran en ella.
De su larga y tendida charla, Lucas, el viejo profesor, conoció la historia de Eilina.
No salía de su perplejidad. ¿Cómo una chica tan joven tenía ya tanto vivido?
Supo que en su país, uno de ésos que están más abajo de los que están por debajo de Norteamérica, vivían una miseria infame. Allí tenía a su familia: un marido, dos hijitas gemelas y una madre huraña, pero buena. A todos mantenía con un pluriempleo que no conocía horarios fijos.
Al apartamento de Lina iba en las horas muertas entre ocupación y ocupación. Cuidaba de un anciano con demencia, que sólo le hacía caso a ella. Hacía la comida a una familia, que por el trabajo no podía hacerlo, pero que llegaban a comer en un horario demencial. Limpiaba un garito de dudosa catadura moral. Vendía cremas y potingues a domicilio. En fin, y todo lo que encartara.
Tomaban té cuando llegó Lina. Todos lloraron a gusto hasta que la risa floja de Eilina les hizo reír al unísono. Lucas no dejaba de mirar a su querida alumna, y a Eilina no se le escapaba puntada.
Pasaron los días y las veces que Eilina y el viejo profesor compartieron ratos de confidencia y complicidad se fueron repitiendo casi a diario. Ahora era Lina quién no perdía puntada. Se había dado cuenta que a su querido profesor le movían los vientos por su amiga.
No se reconocía en una renovada actitud y no le pesaban sus sesenta años ya cumplidos.
Por esa misma razón, un día se atrevió a invitar a cenar a Eilina. Ni que decir tiene que ella aceptó encantada.
Tras la agradable velada, y después de cenar a gusto en un pequeño pero coqueto restaurante chino, ambos se fueron a bailar a un salón donde sonaba salsa y merengue toda la noche.
Cansado y con los pies molidos llegaron al apartamento en la madrugada. Lina los escuchó llegar, a pesar de que no hicieron ruido alguno.
Y a la mañana siguiente, todavía seguía la joven pareja, dejándose acariciar por los cálidos rayos otoñales del sol neoyorquino, exhaustos de alcanzar los placeres que la vida les había prometido.

2 comentarios:
Excelente historia! hum siempre he querido ir a NYC
saludos!
Bueno... Esperaré la continuación para comentar.
Te quiero...
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