Me levanté con un sabor extraño en la boca. Empapado en sudor y agitado por un sueño que aún me atormentaba y taladraba las sienes. En él, un ser inmundo me torturaba con un hierro candente y me hacía gritar frases incoherentes y extrañas. Sólo recuerdo de esa pesadilla mi último grito:¡¡¡Ella es míaaaaaaaa!!!
Me metí en la ducha y dejé caer el agua caer sobre mi piel hasta que pude recobrar el sosiego para abrir los ojos. Pero el sabor pastoso permanecía en mi boca. En el minibar encontré calmantes en forma de diminutas botellitas de licor. Una tras otra me fueron quitando la acritud de la boca para pasármela a la cabeza; mientras, recostado sobre el cabecero , revivía la escena del baño con la mujer que tanto había gozado y sufrido por igual.
Un sopor se apoderó lentamente de mi cuerpo y de nuevo me dormí.
Un rayo de sol se puso a esculpir en mi rostro una nueva arruga y la tirantez de la piel me despertó. Hacía un sol radiante en una mañana luminosa y eso me animó a querer salir a tomar el aire a las calles de Lisboa. Quería buscar la brisa del mar para recuperar el ánimo de vivir.
Antes de salir a la calle, fui a la cafetería del hotel a buscar un café bien cargado. Allí, apostado en la barra, pude ver como Lola y su marido salían abrazados y sonrientes por la puerta de la calle.
Poco después los seguí. Pero ahora no iría tras sus pasos.
Me adentr
é por una suerte de callejuelas que desprendían un edor nauseabundo, muy parecido al que sentí en mis sueños.
Los edificios, viejos y descuidados tenían una belleza rota, pero atrayente, que me hizo desear fotografiarlos. Distraído con encuadres y luminosidades, no me di cuenta de la chica que se me acercaba.
- ¡Hola! -me dijo con una dulzura agridulce. ¿Quieres compañía? - y lo dijo en mi idioma, segura de saber mi procedencia.
No sé por qué motivo ni cómo, pero la seguí.
Una habitación sencilla del último piso era el rincón donde vivía la joven. No la descubrí hasta entonces, cuando abrió la ventana y la luz dibujó un cuerpo y luego un rostro y, por fin, unos ojos hundidos y tristes. Era demasiado joven, no pasaría de los veinte, pero su imagen delataba que los había sufrido más que vivido.
Empezó a desnudarse con rapidez, pues quería despacharme pronto y buscar un nuevo incauto que le diera unos euros por el placer efímero de disfrutar de su escuálido cuerpo.
No estaba excitado, no me apetecía nada hacerlo con aquella chica...entonces me levanté para sacar la cartera y marcharme. Cuando ella se apercibió de mis intenciones, se abrazó a mí
y me pidió que no lo hiciera.
No me había dado cuenta de un estante con muchos libros apilados que se mostraba enfrente de la puerta junto a la ventana. Por no decepcionarla, desistí y lo pensé mejor...charlaría con ella un rato de literatura o de geografía.
Sorprendentemente, la chica era una estudiante de Filología Hispánica. Se pagaba los estudios y demás gastos -incluidos los de la droga- vendiendo su cuerpo.
Era una ávida lectora y me demostró una increible claridad de pensamiento. Una hora después ya reía y se le veía cómoda con la conversación.
Tenía sobre la mesilla el último libro editado de Cortázar - unos papeles que se han encontrado del escritor y que ahora se publican póstumamente. Le pedí que compartieramos la lectura de algunos párrafos y a ella eso le encantó.
Antes de marcharme, me besó en un largo abrazo y me susurró al oído.
-Me encantaría follarte...puedo ir a tu hotel en cualquier momento.
Esa proposición me ruborizó y me provocó una erección súbita.
- Claro, ya te llamo, dame tu número.
De vuelta al hotel decidí comer algo. Tomé una empanada con vino de la tierra y un café irlandés en un bar que tenía una agradable terraza frente al estuario del Tajo.
Volví a la habitación y dormí la siesta.
Me levanté ya anochecido con una exagerada excitación, seguramente provocada por el deseo de aquella chica.
Busqué su teléfono y la llamé. Me dijo que no tardaría mucho. Para no despertar suspicacias en el personal de recepción, me bajé a esperarla.
Apareció una media hora después. No parecía la misma, pero un exagerado maquillaje la delataban. Ojos muy pintados y labios de brillante carmín, tejanos muy ajustados, blusa verde limón y zapatos negros de aguja. Me acerqué a saludarla y ella me abrazó como si me conociera de mucho tiempo.
Lola y su marido salían muy arreglados a divertirse. Ella me miró con ojos de asesina, pero no se paró; se abrazó a la cintura de su pareja y desaparecieron.
Yo, no tenía prisa. Esta chica me gustaba y le pedí que cenaramos juntos, luego subiríamos a la habitación.
La noche fue divertida, lo pasamos bien y acabamos bailando en una especie de discoteca con terraza. Era de madrugada, a la chica le dolían los pies y a mí me pesaban los años que hacía de mis veleidades marchosas de juventud.
En la habitación del hotel, con una sensualidad que me sorprendió, ella me hizo disfrutar verdaderamente. Reíamos relajados y satisfechos cuando sonó mi teléfono. Era Lola.
- Cariño, tengo a mi esposo durmiendo la mona. ¿Bajas o subo?
- Ahora, no. Tengo a una chica en la cama...
- ¡¡Joder!!, has ligado bien pronto. No has podido esperarme...
- Nena, es una puta... No la busqué, pero ahora está aquí y me gusta su compañía.
- ¿Te importa que suba?...Me gustaría verte follar a otra.
- Ummmmmmm!!! No sé...¿tú lo deseas? A ella no le va a importar; pagándole bien, estará encantada.
- Vale, ya subo.
Me pareció tensa la escena. La chica se cohibió un poco; Lola, no. Es más, su mirada se tornó lasciva y viciosa. Eso me levantó mucho el ánimo y mi cuerpo respondió con prontitud.
-¡¡¡ Fóllatela !!! Yo miraré...- dijo, y yo obedecí.
La putita también reaccionó y no se cortó un pelo. Mostró su cuerpo lánguido y su sexo sonrosado y la poseí.., sintiendo los ojos de mi amante clavados en mi espalda como cuchillos afilados, pero no me hacían daño, me excitaba eso aún más.
En el espejo de la derecha podía ver cómo Lola se masturbaba con fruición. Eso me daba doblemente más morbo. No aguanté más y me corrí. Me aparté del cuerpo joven que me había tenido. Entonces, ya relajado y satisfecho, me encontré a Lola quitándome el preservativo y comiéndose mi pene con desesperación.
Levantó de nuevo mi ánimo. Y, entonces, paró.
-Págale, cariño... Y tú, márchate -acertó a decir con firmeza.
Me hizo el amor con lágrimas en los ojos y se marchó luego.
Antes, en la puerta del baño se giró, y me soltó estas palabras:
-No vuelvas a hacerme esto nunca más. Lo harás cuando yo te lo diga.
-Sí, cariño, así lo haré.
Le dije lo que ella quería oír, pero ambos sabemos que no será así; que nuestro amor no tiene límites ni ejerceremos control alguno sobre él.
Me metí en la ducha y dejé caer el agua caer sobre mi piel hasta que pude recobrar el sosiego para abrir los ojos. Pero el sabor pastoso permanecía en mi boca. En el minibar encontré calmantes en forma de diminutas botellitas de licor. Una tras otra me fueron quitando la acritud de la boca para pasármela a la cabeza; mientras, recostado sobre el cabecero , revivía la escena del baño con la mujer que tanto había gozado y sufrido por igual.
Un sopor se apoderó lentamente de mi cuerpo y de nuevo me dormí.
Un rayo de sol se puso a esculpir en mi rostro una nueva arruga y la tirantez de la piel me despertó. Hacía un sol radiante en una mañana luminosa y eso me animó a querer salir a tomar el aire a las calles de Lisboa. Quería buscar la brisa del mar para recuperar el ánimo de vivir.
Antes de salir a la calle, fui a la cafetería del hotel a buscar un café bien cargado. Allí, apostado en la barra, pude ver como Lola y su marido salían abrazados y sonrientes por la puerta de la calle.
Poco después los seguí. Pero ahora no iría tras sus pasos.
Me adentr
é por una suerte de callejuelas que desprendían un edor nauseabundo, muy parecido al que sentí en mis sueños.Los edificios, viejos y descuidados tenían una belleza rota, pero atrayente, que me hizo desear fotografiarlos. Distraído con encuadres y luminosidades, no me di cuenta de la chica que se me acercaba.
- ¡Hola! -me dijo con una dulzura agridulce. ¿Quieres compañía? - y lo dijo en mi idioma, segura de saber mi procedencia.
No sé por qué motivo ni cómo, pero la seguí.
Una habitación sencilla del último piso era el rincón donde vivía la joven. No la descubrí hasta entonces, cuando abrió la ventana y la luz dibujó un cuerpo y luego un rostro y, por fin, unos ojos hundidos y tristes. Era demasiado joven, no pasaría de los veinte, pero su imagen delataba que los había sufrido más que vivido.
Empezó a desnudarse con rapidez, pues quería despacharme pronto y buscar un nuevo incauto que le diera unos euros por el placer efímero de disfrutar de su escuálido cuerpo.
No estaba excitado, no me apetecía nada hacerlo con aquella chica...entonces me levanté para sacar la cartera y marcharme. Cuando ella se apercibió de mis intenciones, se abrazó a mí
y me pidió que no lo hiciera.No me había dado cuenta de un estante con muchos libros apilados que se mostraba enfrente de la puerta junto a la ventana. Por no decepcionarla, desistí y lo pensé mejor...charlaría con ella un rato de literatura o de geografía.
Sorprendentemente, la chica era una estudiante de Filología Hispánica. Se pagaba los estudios y demás gastos -incluidos los de la droga- vendiendo su cuerpo.
Era una ávida lectora y me demostró una increible claridad de pensamiento. Una hora después ya reía y se le veía cómoda con la conversación.
Tenía sobre la mesilla el último libro editado de Cortázar - unos papeles que se han encontrado del escritor y que ahora se publican póstumamente. Le pedí que compartieramos la lectura de algunos párrafos y a ella eso le encantó.
Antes de marcharme, me besó en un largo abrazo y me susurró al oído.
-Me encantaría follarte...puedo ir a tu hotel en cualquier momento.
Esa proposición me ruborizó y me provocó una erección súbita.
- Claro, ya te llamo, dame tu número.
De vuelta al hotel decidí comer algo. Tomé una empanada con vino de la tierra y un café irlandés en un bar que tenía una agradable terraza frente al estuario del Tajo.
Volví a la habitación y dormí la siesta.
Me levanté ya anochecido con una exagerada excitación, seguramente provocada por el deseo de aquella chica.
Busqué su teléfono y la llamé. Me dijo que no tardaría mucho. Para no despertar suspicacias en el personal de recepción, me bajé a esperarla.
Apareció una media hora después. No parecía la misma, pero un exagerado maquillaje la delataban. Ojos muy pintados y labios de brillante carmín, tejanos muy ajustados, blusa verde limón y zapatos negros de aguja. Me acerqué a saludarla y ella me abrazó como si me conociera de mucho tiempo.
Lola y su marido salían muy arreglados a divertirse. Ella me miró con ojos de asesina, pero no se paró; se abrazó a la cintura de su pareja y desaparecieron.
Yo, no tenía prisa. Esta chica me gustaba y le pedí que cenaramos juntos, luego subiríamos a la habitación.
La noche fue divertida, lo pasamos bien y acabamos bailando en una especie de discoteca con terraza. Era de madrugada, a la chica le dolían los pies y a mí me pesaban los años que hacía de mis veleidades marchosas de juventud.
En la habitación del hotel, con una sensualidad que me sorprendió, ella me hizo disfrutar verdaderamente. Reíamos relajados y satisfechos cuando sonó mi teléfono. Era Lola.
- Cariño, tengo a mi esposo durmiendo la mona. ¿Bajas o subo?
- Ahora, no. Tengo a una chica en la cama...
- ¡¡Joder!!, has ligado bien pronto. No has podido esperarme...
- Nena, es una puta... No la busqué, pero ahora está aquí y me gusta su compañía.
- ¿Te importa que suba?...Me gustaría verte follar a otra.
- Ummmmmmm!!! No sé...¿tú lo deseas? A ella no le va a importar; pagándole bien, estará encantada.
- Vale, ya subo.
Me pareció tensa la escena. La chica se cohibió un poco; Lola, no. Es más, su mirada se tornó lasciva y viciosa. Eso me levantó mucho el ánimo y mi cuerpo respondió con prontitud.
-¡¡¡ Fóllatela !!! Yo miraré...- dijo, y yo obedecí.
La putita también reaccionó y no se cortó un pelo. Mostró su cuerpo lánguido y su sexo sonrosado y la poseí.., sintiendo los ojos de mi amante clavados en mi espalda como cuchillos afilados, pero no me hacían daño, me excitaba eso aún más.En el espejo de la derecha podía ver cómo Lola se masturbaba con fruición. Eso me daba doblemente más morbo. No aguanté más y me corrí. Me aparté del cuerpo joven que me había tenido. Entonces, ya relajado y satisfecho, me encontré a Lola quitándome el preservativo y comiéndose mi pene con desesperación.
Levantó de nuevo mi ánimo. Y, entonces, paró.
-Págale, cariño... Y tú, márchate -acertó a decir con firmeza.
Me hizo el amor con lágrimas en los ojos y se marchó luego.
Antes, en la puerta del baño se giró, y me soltó estas palabras:
-No vuelvas a hacerme esto nunca más. Lo harás cuando yo te lo diga.
-Sí, cariño, así lo haré.
Le dije lo que ella quería oír, pero ambos sabemos que no será así; que nuestro amor no tiene límites ni ejerceremos control alguno sobre él.
3 comentarios:
Una puta que lee cortázar? vaya que rareza jaja...
bueno excelente historia!
Vaya, vaya...
Qué calorcito me ha entrado iré a ducharme, vienes?
He regresado de mis vacaciones. Me estoy haciendo el tiempo para leerlos a todos y pasar a saludar!
Qué bueno es volver!
Un beso! Y feliz San Valentín!
Literata
Publicar un comentario