Viaje interior


En un perdido rincón de una región cualquiera, vivía un profesor que sólo percibía una realidad limitada. En ella, se sentía cómodo y ajeno al bullicio mundano. El tiempo transcurría allí lento e inalterable. Las relaciones que mantenía eran predecibles, tradicionales, costumbristas y un punto exageradas de hipocresía y vulgaridad.
Ulises pasaba su tiempo entre las clases de un desvencijado instituto y una plácida vida familiar.
Siempre fue un soñador empedernido y un gran aficionado a la lectura. De natural romántico, le dio por escribir. Guardaba sus cuartillas con la esperanza de verlas publicadas un día, mas no terminaba de atreverse a mostrarlas.
Hasta que el inevitable progreso puso en sus manos un ordenador y la posibilidad de dar a conocer lo que escribía. Como efecto colateral, la ventana que se le abrió le permitió conocer a otra gente y a saber que el mundo era más amplio que la superficie del pañuelo donde se había movido siempre.
Aprendió de otros y fue actualizándose casi sin querer.
Una experta internauta se interesó en lo que Ulises escribía e inició una muy correcta correspondencia con él.
Con el paso de los días, entre comentarios literarios y apreciaciones gramaticales, se fueron deslizando asuntos más personales. Al principio fueron saludos y despedidas cariñosas, pero inocentes; Luego, surgieron preguntas y anécdotas que incrementaron el interés mutuo y hasta una curiosidad morbosa...¿Cómo serán sus ojos? ¿Qué edad tendrá? ¿Estará saludable? ¿Tendrá un amor? Todas esa preguntas se fueron desvelando sin remedio. Lo mismo ocurrió con sus gustos y apetencias...Un día hablaron de sexo, otro de sus deseos y, por fin, de la posibilidad de conocerse.
De aquel rincón perdido entre montañas, salió Ulises a conocer el exterior. También soñaba con encontrarse con ella. Se subió por primera vez a un avión y a las pocas horas ya estaba instalado en un coqueto hotel junto al Sena, con la torre Eiffel erguida a lo lejos, en un París soñado e imaginado tantas veces.
Al salir de aquella conferencia, donde se dirigió a un nutrido grupo de profesores ávidos de aprender a juntar versos sin que se les caiga ninguno, se sentía satisfecho y emocionado.
No podía imaginarse que en la puerta le esperaba su amiga, Laura se llamaba.
Sólo unos ojos inmensos, de una profunda y misteriosa mirada, le contemplaban. Entonces, aquel cuerpo oculto en un abrigo, agitó su mano al aire e inició unos pasos lentos hacia él.
-Eres tú, Laura -pudo balbucir.
-¡¡Claro!!, quién iba a ser, todavía no eres famoso -le dijo más con una sonrisa que con palabras.
Se cogieron de las manos y se acercaron despacio hasta casi rozar sus mejillas. Allí él dudó si besarla o darle un abrazo. Fue ella la que decidió:
-Abrázame, viejo tonto...
Se encontraron en medio de la plaza, abrazados, rodeados de un blanco manto que vestía las calles en uno de los últimos coletazos del invierno parisino.
Las tazas de un humeante té empañaban las gafas de Ulises...Y ella le sonrió entre coqueta y divertida...
-Pues no eres tan feo como te imaginaba... Me gustan los feos,¡¡¡ jajajajaaaaa!!!
-En cambio, tú eres muy bonita...aunque yo siempre te imaginé así, a pesar de no tener ni siquiera una foto tuya.
Ante aquella taza de té, se miraron más que hablaron. El frío exterior les hacía remolonear sin atreverse a levantarse de aquel coqueto velador. Pidieron una copa y siguieron mirándose...
-¿Qué te apetecería hacer esta tarde? -Laura se adelantó, al fin y al cabo ella era la anfitriona y él el invitado.
- No sé, ¿qué te apetece a ti?
-Hace días que tengo entradas para la ópera. ¿te gusta la ópera, Ulises?
-Nunca asistí a una representación... Claro que conozco algunas piezas, arias sobre todo, pero en vivo, no...Me haría ilusión.
Compartieron una cena frugal y hablaron sin dejar de mirarse. De camino al palacio de la Ópera, Laura se cogió al brazo de Ulises y por momentos dejó caer su cabeza en el hombro de él.
Cierto nerviosismo le hacía estar inquieto en el patio de butacas. Entonces, la mano de Laura se acercó a su pierna y le pidió que estuviera tranquilo. Y lo consiguió...él se olvidó de todo y se dejó atrapar por las voces y el espectáculo que se representaba en el magnífico escenario del palacio de la Ópera.

Laura se mantuvo atenta a las reacciones que la obra provocaba en su amigo, y disfrutó de "Madame Butterfly" como nunca lo había hecho.


De madrugada, luego de una noche intensa de emociones, pasearon con lentitud pasmosa por las calles de París. Y no dejaron de hablarse y de escucharse.
-Estaba pensando en si no deberíamos...
-Pídeme un taxi, por favor - Laura cortó la frase que él ya no acabó.
-De acuerdo -dijo él, al tiempo que levantaba la mano para llamar al primer taxi que se acercara.
Se despidieron con los consabidos besos y se desearon buen viaje. Ambos sabían que no sería un adiós, sino una despedida de hasta pronto.
Acomodada en el asiento trasero del taxi, dijo adiós con las puntas de los dedos acercándoselos a la boca...Él intentó hacer lo mismo, pero su mano se quedó a medio camino.
La madrugada parisina avanzaba sin remedio hacia un nuevo amanecer. Algunos sueños seguirían su estela.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuanta razón tiene aquel del comentario anterior y, curiosamente como acierta sin conocer los detalles individuales...

Carolina dijo...

Hey espero la continuación de la historia!! jaja

Relax...