Liliana y Andrés

Amanecía un día gris, pero una luz de esperanza se abría paso allí a lo lejos.
Llegó al aeropuerto y llovía copiosamente. Mientras esperaba embarcar, hizo una llamada.
A una hora de vuelo le esperaba una buena amiga. Tenía que pellizcarse para cerciorarse de que iba a hacerlo.
Sí, en otro aeropuerto situado en el otro extremo del país, tomaría un avión que le trasladaría lejos, al otro lado del océano.
Desde el taxi que la acercaba a su aeropuerto, su amiga Liliana lo tranquilizaba..."No tengas miedo, le decía, te estaré esperando..."

Se encontraron por fin en la puerta de embarque. Liliana y Andrés se conocían desde hacía más de un año por internet, y hasta ese momento, no se habían visto más que en fotos. Emocionados se abrazaron por fin. Y, cogidos de la mano, buscaron sus asientos en el avión que les esperaba. Un largo viaje les llevaría a un lugar perdido de la selva amazónica.
Un hermoso proyecto les ilusionaba. Una ONG le subvencionaba un proyecto de ayuda sanitaria en comunidades indígenas.
Sobre las nubes hablaron sin parar. Ella se reía mucho y él no dejaba de mirarla. Pero el viaje era largo y cansado; y la ya relajada y confiada Liliana se recostó sobre su amigo. Él la acogió con gusto y delicadeza, le colocó una almohada y así ella pudo estirar las piernas; no tardó mucho en dormirse. Con sumo cuidado él dejó enredar sus dedos en el cabello ondulado y suave de la cabeza que reposaba en su regazo; y, viéndola profundamente dormida, se atrevió a acariciar sus mejillas. Cerró los ojos y se imaginó que se hacía realidad su sueño de que ella también lo amase algún día. No llegó nunca a confesarle su amor, porque temió asustarla en todas aquellas ocasiones que lo pensó y no se lo dijo.
Le sacó de su ensimismamiento la voz de la azafata que le ofrecía un refresco. Ya incorporados en sus asientos, tomaron zumos y galletitas saladas.
El resto del viaje lo consumieron leyendo u oyendo música, que compartieron al mismo tiempo con los auriculares. Y también volvieron a emocionarse con la película que ponían en la pantalla -"Los puentes de Madison", tiene ese punto inevitable.
Todavía no llegarían a su destino. Desde Sao Paulo a otro aeropuerto situado en los linderos de la selva. Luego una larga travesía en barco y hasta un aventurado traslado en canoa. Dos días de viaje les agotó en exceso y, en la humilde cabaña donde les alojaron, durmieron las horas que le debían al sueño.
La luz que cada mañana se filtraba por entre las hojas de los árboles, creaba un gran espacio central del poblado, marcando infinidad de estrellas en el terrizo del solar rodeado de cabañas. El palenque que haría de dispensario estaba vacío, nadie se había acercado aún. No sería fácil ganarse la confianza de aquella gente, pero eso formaba parte de su trabajo.
Los primeros días fueron tranquilos en exceso. Allí, cada uno se hizo cargo de una tarea. Liliana era enfermera y Andrés, ingeniero. Había una enormidad de trabajo. Las copiosas lluvias que no habían cesado hasta hacía poco, desbordaron el río una y otra vez, inundando el poblado con saña. Por eso, Andrés, preparaba un proyecto de empalizadas y diques que evitaran nuevas inundaciones.
Por su parte, Liliana se encontró con numerosos casos de disentería de origen amebiano.
No se habían construido más que el dique principal y la empalizada norte, cuando Andrés cayó también enfermo. Para cuidarle, Liliana tuvo que echar mano de Yumani, una joven indígena que demostró mucho interés en aprender en la enfermería.
Los cuidados que practicaba al enfermo fueron continuos. Andrés deliraba en las fases más agudas. Yumani no se retiraba de su lado, aplicaba paños húmedos y emplastos de hierbas medicinales.
En sus delirantes sueños, aparecía Liliana, desnuda como una indígena más. Tanto había reprimido sus deseos que ahora despertaban ávidos de pasión y desenfreno.
Envuelto en sudores su cuerpo, Andrés reaccionaba con evidentes signos de excitación. Yumani, que no dejaba de refrescar todo su cuerpo, no se sorprendía de la erección que Andrés presentaba. Y, con la naturalidad que da la ausencia de prejuicios, no tuvo reparos en masajear el miembro viril. Con firmeza y habilidad, las manos de Yumani lograban que aquel hombre casi desconocido alcanzara el orgasmo, eyaculara y quedara tan exhausto que su cuerpo al fin perdiera la tensión y se durmiera ya profundamente.
La fiebre no desaparecía y empezaron a manifestarse complicaciones hepáticas y pulmonares. la disentería se alojó en el cuerpo de Andrés y su compañera empezó a temer por su vida. Liliana pidió ayuda por radio y, en tres días, ya estaba despidiendo a Andrés que regresaba a la civilización.
En los momentos que Liliana pudo hablar con él, intentó convencerlo de que era mejor que se volviera a casa. Allí no había posibilidad de recuperarse y, además, corría mucho peligro de complicarse. Así lo comprendió su amigo y accedió sin más. No quería separarse de ella, pero sin salud allí era un estorbo.
-Recupérate pronto -le dijo. Pronto volveremos a estar juntos de nuevo e iniciaremos otro proyecto.
-Gracias por todo. Te quiero mucho, Liliana. Te echaré de menos.
- No te preocupes, te pondrás bien. Yo también te quiero.

Seis meses después, ambos paseaban juntos por una playa cualquiera de la costa mediterránea.
Hablaban de un proyecto muy ambicioso. Quizás serían capaces de poner en funcionamiento una residencia de ancianos en un caserío abandonado rodeado de viñas y olivos que pensaban visitar esa misma tarde.

Esta canción es para ti, única y exclusivamente para ti. Te quiero

1 comentarios:

Carolina dijo...

que buena historia!... esos amores de internet, yo se como son! jaja
saludos!

Relax...